Cartagena de Indias
Cartagena de Indias

Cartagena de Indias te espera

Cartagena, el “Corralito de Piedra”

Cartagena de Indias alternó durante dos siglos con La Habana el privilegio de ser el puerto más relevante del Nuevo Mundo. Su importancia nace de la codicia por el oro y la plata de Suramérica. La Corona española pretendía llevarse estos metales preciosos para la metrópolis; los piratas, principalmente ingleses, pero también franceses y holandeses, desviarlos para sus cofres.
La Ciudad fue fundada en 1533, quizás el 20 de enero, por el madrileño Pedro de Heredia, en una isla que sus pobladores indígenas llamaban Calimarí, y los españoles originalmente San Sebastián de Calamar. Cartagena nunca, hasta hoy, perdió totalmente el trazado original del pueblo nativo. La actual Plaza de Bolívar, dominada por el Palacio de la Inquisición, posiblemente queda en el mismo lugar que ocupaba el centro del poblado indígena.

La bahía de Cartagena es un excelente apostadero natural donde resguardar una armada, y queda estratégicamente ubicado en un rincón del Caribe por donde dispuso la Corona, durante dos siglos, que tenían que salir las riquezas de sus colonias suramericanas. La ciudad y la bahía fueron fortificadas para proteger a la “Armada de los Galeones” que a partir de 1566 hacía periódicamente la ruta Sevilla – Cartagena, y luego retornaba a Sevilla vía La Habana. Desde Cartagena parte de la flota excursionaba a Portobelo, Panamá, durante dos semanas de agosto, a la gran feria en que el potente virreinato del Perú comerciaba con España, y pagaba sus impuestos. Tal era su importancia que Cartagena mereció el único Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en el Caribe, y fue el principal mercado negrero de las colonias españolas.

Como ejemplo de la riqueza de la “Armada”, se rumora que la carga del galeón San José, hundido en 1708, 30 Km. al Sur de Cartagena, cerca de las Islas del Rosario, tendría hoy un valor de cientos de millones de dólares en el mercado de antigüedades. El San José era uno de los dos galeones mayores de la flota de ese año, y no le valió la protección de decenas de barcos rápidos – el ataque inglés hizo explotar su almacén de pólvora, la
Santabárbara – y en segundos se hundió con 600 hombres, 5 millones de doblones de oro y 7 millones de plata.

Cartagena creció y se enriqueció rápidamente en el siglo XVI, gracias al oro encontrado en los entierros de la vecina región del Sinú, descubiertos ya por Heredia. Con escasa Fortificación, fue tomada por piratas en 1544 – Roberto Baal – y nuevamente en 1560 – Martín Cote. Luego fue atacada por John Hawkins en 1568, del cual se pudo defender. En 1586 se rindió ante Sir Francis Drake, sus 23 navíos y 3,000 hombres. Drake disfrutó la ciudad varias semanas y se llevó un botín considerable, además de un importante rescate
Pagado para liberar la ciudad (había aplicado el “tributo de fuego”, quemando 200 edificaciones). Extendió un recibo por todo aquello, para enseñarles a los españoles las buenas costumbres comerciales británicas. El resultado de la incursión de Drake fue tan serio que la ciudad quedó medio despoblada, razón por la cual la Corona promovió luego la importación de esclavos africanos.

Después de la agresión de Drake comenzó en serio la fortificación del sitio, mediante la construcción de murallas alrededor de la ciudad y de una secuencia de fuertes. Bautista Antonelli fue su mayor ingeniero. Ya alrededor de 1670 el formidable Henry Morgan no se atrevió a atacarla, aunque sí derrotó a Portobelo e incendió a Panamá. En 1697, sin embargo, Cartagena cayó ante el ataque del barón de Pointis y el filibustero Jean Paptiste Ducasse; la derrota fue tremenda, y marcó el inicio de la decadencia de la ciudad.

Los trabajos de fortificación duraron en conjunto dos siglos y medio. La infidelidad del mar obligó a cambiar varias veces su concepto, puesto que cegó el canal de Bocagrande a mediados del XVI al tiempo que abría el de Bocachica, y un siglo después reabría a
Bocagrande, obligando finalmente a construir la Escollera submarina entre el Laguito actual y Tierrabomba.

Las murallas de Cartagena visibles hoy, construidas en los siglos diecisiete y dieciocho, son lindos ejemplos de un nuevo tipo de fortificación, ya no las murallas altas y frágiles del medioevo que protegían del ataque del hombre, sino los bastiones concebidos contra la artillería. Las murallas y los castillos de Cartagena protegen del cañón; son bajas, para disminuir el objetivo, y gruesas, para aguantar, y para servir de piso a sus cañones; tienen forma de estrellas con puntas de lanza para defender con fuego cruzado; son escalonadas, para permitir retiradas tácticas.

Cuando el Almirante Vernon ataca a Cartagena durante dos meses en 1741, en la mayor batalla jamás librada en Suramérica, es derrotado por estas defensas, por las enfermedades tropicales, y por el heroísmo de los defensores, comandados por el “medio hombre”, don Blas de Lezo, y el hábil virrey Sebastián de Eslava.

El ataque de Vernon tiene orígenes curiosos – fue la culminación de la Guerra de la Oreja de Jenkins. En el Caribe los españoles le habían cortado la oreja a Lord Jenkins, un pirata y contrabandista de sangre real, y ésta, entre un frasco con alcohol, sirvió de acicate en Londres para iniciar una guerra más contra España. Solo que en esta oportunidad Inglaterra reunió una inmensa flota, con más de 150 navíos y 30,000 hombres, comandada por la flor y nata de las fuerzas armadas inglesas y de Nueva Inglaterra. Esta atacó a Cartagena al mismo tiempo que el Commodore Anson subía por el Pacífico, en un gran intento inglés de destruir definitivamente la hegemonía ibérica en Suramérica. Cuando el gran historiador inglés Arnold Toynbee vio las murallas de Cartagena hace unas décadas exclamó: “South America does not speak English because of this”.

La decadencia económica de Cartagena, sin embargo, ya era evidente – la Corona suspende la Armada de los Galeones en 1740, antes de alcanzarse 200 años de ésta, y abre el tráfico entre Buenos Aires y la metrópolis, ruta que seguirán en adelante los metales preciosos del Perú. Sólo hasta bien avanzado el siglo 20 saldrá la ciudad de su largo letargo.

A partir del ataque fracasado pero devastador de Vernon, la Corona española asumió en forma directa las más significativas obras de defensa de Cartagena, incluyendo la consolidación del monumental fuerte de San Felipe de Barajas, superado en tamaño en

Iberoamérica sólo por “La Cabaña” en La Habana. Ironía de la historia: estas inversiones gigantescas de la segunda mitad del XVIII ya no aportarían utilidad alguna a España. Cartagena si salió ganando – su color. El ingente empleo de esclavos africanos por la Corona tiñó la raza cartagenera, y su ambiente, para siempre.

En los tres siglos que Cartagena fue colonia surgieron artesanos, y especialmente hábiles albañiles y carpinteros, cuya obra sobrevivió por un milagro trágico: el sitio de más de cien días impuesto por Pablo de Morillo en 1815, que minó profundamente a Cartagena . Fue tal la pérdida de vidas en esos meses que Cartagena se demoró casi un siglo para

recuperar la población de 20,000 almas que tenía en 1815. Así, el fallido intento de España de recuperar su colonia le costó a Cartagena un siglo de vida, pero salvó la fisonomía de su pasado, al parar su crecimiento. Evidentemente también contribuyeron a la decadencia del siglo XIX la desaparición del valor estratégico de Cartagena para un poder hegemónico, que se desintegró en muchos núcleos inermes tras la independencia, y el rápido surgir de Barranquilla.

Los vestigios de la historia fueron destruidos metódicamente en nombre del progreso en tanto lugar próspero durante el siglo pasado! Cayeron las murallas para abrirle paso a los Grands Boulevards en París, al Ringenstrasse en Viena, y a tantas otras congestiones en otras ciudades. Y esta destrucción casi ocurre también en Cartagena; entre 1900 y 1920 el incipiente repunte económico, ayudado por la apertura del Canal de Panamá, alcanzó a tumbar un tercio de las murallas, y a rellenar la mayoría de los canales, lagunas y manglares que aislaban a la ciudad amurallada.

La arquitectura ecléctico-pompier de esta época, de Jaspe, Lelarge y sus colegas, hubiera podido ser catastrófica, pero entre sus charreras dejó una joya en la cúpula de San Pedro Claver, y obras tan características y bien acomodadas como la Torre del Reloj, y el Edificio del Banco de la República.

Afortunadamente el pronto abandono de la ciudad vieja por la clase alta Cartagenera, cuando prefirió migrar para Manga y luego Bocagrande, ayudó a salvar la mayoría de las construcciones del recinto amurallado. A mediados de este siglo el centro, abandonado a su “rancio desaliño”, todavía le inspiraba al Tuerto López “ese cariño que uno les tiene a sus zapatos viejos”. Luego, a partir de los años sesenta, llegó el novel proyecto de la conservación, y el titubeante proceso de restauración de la Cartagena colonial se afianzó.

En los setenta se dio un paso importante, con apoyo internacional: se enterraron los cables eléctricos en muchas calles, se incorporó una iluminación pública armónica, y se eliminó el neón. En los últimos treinta años algunas instituciones y numerosos forasteros han

restaurado o reciclado muchas de las edificaciones del barrio de la Catedral, cambiando sus usos, característicos de un pueblo venido a menos, a oficinas, vivienda vacacional, hoteles, comercios y restaurantes, iniciando así un nuevo ciclo de vida para la ciudad vieja. En los ochenta este proceso se extendió a San Diego y Getsemaní, que hasta hace poco eran primordialmente barrios de clase media el primero, y baja y marginal el segundo, con inquilinatos y comercio informal de todo tipo.

Hecho excepcional de la Cartagena colonial, aquella que los colombianos llamamos cariñosamente el “corralito de piedra”, según el mote acuñado por Eduardo Lemaitre, es que no es un museo habitan y trabajan en allá personas de todos los niveles socioeconómicos, unidos sólo por el buen humor y el gusto al sitio. Es un pueblo vivo, alegre a la manera del Caribe, simpático, al cual no le pesa cargar con el romance de tanta historia.

Hoy en día hay tres Cartagena, la turística, la ciudad nueva, y la industrial, que conviven con el centro amurallado, el cual alberga sólo alrededor del 5% de la población total. En Bocagrande hay una ciudad turística despelotada, bulliciosa y nueva rica, que los jóvenes de toda Colombia consideran próxima al paraíso. Al oriente se extiende un nuevo e inmenso conglomerado informe, que ha crecido explosivamente en las últimas décadas. Y por el fondo de la bahía, en Mamonal, está el parque industrial quizás más dinámico del país. Ahí se refina petróleo, y se produce vinilo, poliestireno, polipropileno, soda, tubería metálica, malta, abonos… Al sur de Mamonal hay también unas dos mil hectáreas de acuicultura de camarones.

Cartagena es una ciudad con un pasado fascinante, un presente alegre, y buenos augurios hacia el futuro. Para palpar su sabor a guayaba, sugiero leer “El Amor en los tiempos del cólera” y “El amor y otros demonios” de García Márquez. Y tomarse un Tres Esquinas, cuando se prenden las velas…


Por: Jaime Urrutia Montoya

Centro histórico
Ciudad Amurallada
Vista al mar